Los ecos me recuerdan los
“nosotros”, “estamos”, “nos”, “comemos”. Una y otra vez me cortan como navajas
de sacapuntas. Me afilan, me vuelven una persona temeraria. La gente me da
miedo: no quiero contar porque sé que no van a entender. Sé que no puedo
escribir todo lo que me pasa porque no hay palabras existentes para
describirlo. Nadie va a entender jamás lo que me pasó. Ojalá tuviese videos,
ojalá pudiese entregar a cada persona que entra en mi vida un disco con mis
datos. Ojalá, así nadie se decepcionaría, así nadie crearía demasiadas
expectativas conmigo. No, no soy brillante ni la mejor, no soy la más coherente
tampoco. Soy poco y de lo poco que soy poco entiendo.
Me he dejado pisar, basurear,
usar. He dejado que hicieran lo que quisieron con mi cuerpo, con mi mente y mis
deseos, pero siempre quedó firme la idea de amarte para toda la vida. Una idea
perpetua y perenne, casi inata. De muchas cosas jamás me recuperaré, otras
tantas las olvidaré con el tiempo. Cada una de ellas me ha dejado una marca. Él
me pide que use cicatrizante para sacarme las marcas en los brazos: yo quiero
que esas marcas se queden. Las cientoun marcas de mis brazos, los miles de
dolores que me trajeron sangre: no voy a olvidarlos. No quiero que las marcas
se vayan. Se irán sí, con el tiempo, sí con la desmemoria, si con el
aprendizaje. No las voy a eliminar, se irán de a poco, a su debido tiempo.
Jamás podría alejarlo de mi camino, nunca. Cuando él está en pareja y me pide
que me aleje lo hago. Solo él puede decidir cuándo no vamos a vernos. Por lo demás no me preocupo: lo conozco, sé
que no va a ser feliz con nadie porque ni siquiera es feliz consigo mismo.
Siempre volvió, siempre vuelve, siempre va a volver.
No hay comentarios:
Publicar un comentario